Del Popol Vuh al silbatazo inicial: El hombre que encerró a los dioses en un futbolito
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Del Popol Vuh al silbatazo inicial: El hombre que encerró a los dioses en un futbolito

Redacción / Grupo Cantón Radio

Tlaxcala, 26 de junio de 2026.- Mientras millones de aficionados gritan frente a las pantallas y los estadios de México vibran con el ruido del Mundial, en un tranquilo rincón de San Esteban Tizatlán, Tlaxcala, el silencio solo se rompe por el crujido de la madera. Ahí, rodeado de viruta y con el olor dulce del cedro fresco, Luis Jesús Vázquez Gabriel pasó seis meses jugando a ser un dios. O mejor dicho, tallándolos.

A sus 30 años, Luis Jesús no es un artesano común; es un creador de mundos a golpe de gubia y formón. Su última locura mide 2.81 metros de largo, pesa decenas de kilos y acaba de ganar la Copa de Arte Popular Banamex 2026. Su nombre oficial es “Legado de los Dioses”, pero el mundo ya lo conoce simplemente como el “futbolito prehispánico”.

“El mayor reto no fue tallar las expresiones de los dioses”, confiesa Luis Jesús, heredero de una dinastía de artesanos en su taller ARTETIZA. “El verdadero reto fue la física. Tenía que ser perfectamente funcional. No quería una pieza de museo que se viera bonita en una vitrina; quería algo donde la gente pudiera gritar un gol”.

Y lo logró. En este tablero monumental, la clásica disputa futbolística se convierte en una batalla cósmica: Mayas contra Mexicas. El juego de pelota prehispánico (Pok-ta-pok) se fusiona con la pasión moderna. Olvídense de los muñecos genéricos de plástico azul y rojo; aquí los delanteros y defensas son deidades minuciosamente esculpidas en madera de ayacahuite.

Las porterías son, en realidad, las fauces de las serpientes emplumadas: Kukulcán custodia un lado de la cancha, mientras Quetzalcóatl vigila el otro. Meter un gol aquí no es solo sumar un punto en el marcador, es ganarle un pulso a la mitología mesoamericana.

Para el joven tlaxcalteca, ver a los turistas internacionales maravillados con su obra es el verdadero trofeo. Al final del día, Luis Jesús logró lo que parecía imposible: meter a los dioses de nuestros antepasados a jugar el partido de sus vidas.

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