Qué leer: “Déjame entrar”, la podredumbre detrás del paraíso sueco
Ángel Nimbé/ Grupo Cantón Radio
En Déjame entrar, John Ajvide Lindqvist enfrenta el horror sobrenatural del vampiro con otro mucho más cercano: la violencia, el abuso y la descomposición social que rodean a Oskar y Eli.
Cancún, 7 de agosto de 2026.- Durante décadas, buena parte del mundo aprendió a mirar a Suecia como una postal del bienestar, con instituciones sólidas, seguridad, igualdad, servicios públicos y una sociedad aparentemente ordenada.
John Ajvide Lindqvist toma esa postal y la rompe; porque Déjame entrar no es solamente una novela de vampiros; tampoco es únicamente la historia de dos niños solitarios que se encuentran en medio del invierno sueco; es una novela acerca de todo lo que una sociedad puede esconder debajo de una superficie impecable.
Lindqvist aclara pronto que el horror de la novela no procede únicamente de lo sobrenatural; también habita en la violencia cotidiana, en la crueldad ejercida por quienes deberían compartir la infancia y en una sociedad incapaz de proteger a uno de sus niños.
Publicada en 2004 y situada en Blackeberg, un suburbio de Estocolmo, la historia comienza con Oskar, un niño de doce años sometido a una violencia escolar constante.
Decir que sufre bullying es insuficiente; sus agresores lo humillan, lo golpean y progresivamente comienzan a experimentar con la posibilidad real de matarlo.
Un día, los agresores llevan a Oskar a una piscina y lo obligan a permanecer bajo el agua hasta contar mil, de lo contrario, le atravesarán un ojo. Lo que hasta entonces era acoso escolar se transforma en violencia homicida.
El monstruo está en el otro
Los monstruos de esta historia no necesariamente necesitan colmillos. Y esa es una de las primeras claves de Lindqvist. Pero hay uno que sí los tiene, y es Eli. Eli es una “niña” solitaria con varios siglos de edad, que nunca siente frío y que huele raro, quizás por su cabello embarrado de sangre seca o porque usa ropa raída y vieja.
Como todo vampiro, mata para vivir y necesita permiso para entrar a un lugar; sin embargo, no es el principal horror del libro.
Alrededor de ella y Oskar giran adultos destruidos por el alcohol, otros niños explotados sexualmente e incluso mutilados para hacerlos “perfectos”; familias fracturadas, deseos convertidos en abuso y una sociedad donde cada ser vulnerable es objeto de abuso del más fuerte.
Håkan ocupa quizá una de las zonas más abyectas. Al principio puede parecer solo el adulto que acompaña a Eli, presentándose como “su padre”, pero poco a poco comprendemos que no existe allí una relación paternal; su dependencia hacia ella está atravesada por un deseo sexual perturbador hacia un ser cuyo cuerpo conserva la apariencia infantil.
Ahí Déjame entrar encuentra su verdadera oscuridad. Porque el vampiro no llega para corromper Blackeberg, Blackeberg ya estaba podrido.

La decadencia del inmortal
Además, Lindqvist se empeñó en destruir la distancia estética que durante siglos permitió convertir al vampiro en una criatura fascinante. Desde el aristocrático conde de Bram Stoker, Lestat de Ann Rice, y hasta buena parte de sus descendientes modernos, el vampiro terminó asociado con la sensualidad, la belleza, la sofisticación y la promesa seductora de una juventud eterna.
Aquí no. En el universo de Lindqvist, beber sangre significa abrir un cuerpo. Matar deja cadáveres, los cadáveres dejan un rastro que esconder de las autoridades policiacas. Además, la inmortalidad no garantiza la belleza y la carne nunca permite olvidar aquello que ha sufrido.
Incluso Eli contradice frontalmente la fantasía de la juventud eterna. Su apariencia infantil no representa inocencia ni pureza, es una prisión corporal. El tiempo ha seguido avanzando en su conciencia mientras su cuerpo permanece atrapado en una edad que la convierte, además, en objeto del deseo perverso de otros.
Ese detalle vuelve todavía más inquietante su relación con Håkan, porque el cuerpo de Eli funciona simultáneamente como cuerpo monstruoso, cuerpo vulnerable y cuerpo deseado por un adulto. La contradicción es insoportable precisamente porque Lindqvist se niega a resolverla.
¿Quién posee realmente el poder?
Entonces aparece otra de las grandes preguntas de la novela, ¿quién posee realmente el poder?
Eli puede destazar a una docena de muchachos en una alberca olímpica, pero también depende de otros, necesita esconderse, necesita protección durante el día y habita permanentemente un cuerpo que el mundo interpreta como el de un menor. La vulnerabilidad y el poder conviven dentro de la misma carne.
Algo semejante sucede con Oskar; su cuerpo es el territorio sobre el que sus compañeros ejercen autoridad; lo golpean, lo humillan, lo amenazan, lo obligan a demostrar miedo. La violencia social deja de ser abstracta porque siempre termina escrita sobre algún cuerpo.
Por eso la pregunta esencial de la novela no es quién es el monstruo, sino algo mucho más incómodo; es ¿qué clase de sociedad obliga a un niño a sentirse más seguro junto a un vampiro que junto a los seres humanos?
Oskar encuentra en Eli algo que prácticamente ningún adulto ni ninguna institución, ni su propia madre, ha sido capaz de ofrecerle, alguien dispuesto a intervenir.
No necesariamente alguien bueno, ni inocente, simplemente alguien que no mira hacia otro lado. Y ahí está quizá la perversión más brillante de Lindqvist. Nos presenta una criatura que necesita sangre humana para sobrevivir y la coloca frente a una sociedad moderna, educada, racional y aparentemente ejemplar.
Después nos obliga a compararlas. Al final, la pregunta ya no es si debemos permitir que el vampiro entre, sino qué horrores llevaban mucho tiempo viviendo dentro de la casa antes de que él llamara a la puerta.
