Qué leer: Nicolás Guillén, cuando la poesía aprendió a bailar
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Qué leer: Nicolás Guillén, cuando la poesía aprendió a bailar

Redacción/ Grupo Cantón Radio

Hay poetas que escriben versos. Nicolás Guillén escribió música. En sus poemas, el son, la memoria y la identidad laten con la misma fuerza.

Cancún, 15 de julio de 2026.- Hay poetas que dominan el idioma. Nicolás Guillén hizo algo más difícil, le devolvió el ritmo.

Antes de él, la poesía hispanoamericana seguía mirando hacia Europa. Guillén, en cambio, volvió la mirada hacia las calles de La Habana, al tambor, al son, a la voz del vendedor ambulante, al habla popular y al latido africano que durante siglos permaneció relegado en la literatura.

No es casual que sea considerado el fundador de la poesía negra o afrocubana moderna. Lo extraordinario no fue únicamente escribir sobre la población afrodescendiente, sino lograr que la propia estructura del poema respirara al ritmo de esa cultura. “Mayombe-bombe-mayombé”, no es una frase, es un tambor; no intenta explicarse; se escucha.

En Guillén el poema deja de ser solamente una construcción intelectual para convertirse en una experiencia sonora. Sus versos parecen escritos para ser pronunciados en voz alta, porque el lenguaje nació mucho antes de la imprenta.

Su libro “Motivos de son”, publicado en 1930, cambió para siempre la poesía del Caribe. Por primera vez el habla cotidiana, el ritmo popular y la identidad mestiza ocupaban el centro de la literatura sin pedir permiso.

Pero reducir a Guillén al “poeta negro” sería injusto. También fue periodista, cronista de su tiempo, intelectual comprometido y una de las voces fundamentales de la literatura cubana del siglo XX. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba y presidió durante años la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

El abuelo negro y blanco

Quizá su poema más universal sea “Balada de los dos abuelos”. Allí aparecen dos figuras que representan la historia de América Latina, el abuelo negro y el abuelo blanco. No son enemigos, sino el origen y la herencia.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Desde los primeros versos, Guillén construye al abuelo negro a partir de dos símbolos profundamente ligados a la memoria africana; la lanza representa la resistencia, la supervivencia y un pasado guerrero que existía mucho antes de la esclavitud. No presenta al africano como esclavo, sino como un hombre libre, perteneciente a una cultura con historia, armas, organización y dignidad. El tambor, por su parte, trasciende la música. En muchas culturas africanas era un instrumento de comunicación, de celebración y de ritual. Es la voz colectiva de un pueblo. El abuelo negro aparece asociado al ritmo. Guillén reconoce que una parte esencial de la identidad cubana y latinoamericana late en esa herencia africana.

En contraste aparece el otro personaje. La gorguera, ese cuello rígido característico de la nobleza y de los militares españoles de los siglos XVI y XVII, sitúa inmediatamente al abuelo blanco en el contexto de la conquista y del poder colonial. La armadura lo identifica como conquistador, soldado o representante del imperio europeo.

Resulta significativo que Guillén también lo describa como guerrero. No lo caricaturiza ni lo demoniza. Reconoce su fuerza histórica del mismo modo que reconoce la del abuelo negro.

Guillén no construye una oposición simplista entre la víctima y el victimario, sino que ambos llegan cargando su propia historia, su propio mundo simbólico y su propia humanidad, y el autor nunca obliga al lector a elegir entre uno u otro.

—¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan:
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,

Guillén comprendió que la identidad latinoamericana no nace de la pureza, sino del encuentro. Somos la suma de voces distintas, de memorias contradictorias, de heridas que también aprendieron a cantar. El abrazo es un gesto profundamente significativo. No ocurre después de una victoria ni de una derrota; ocurre después del mestizaje. El autor no propone olvidar el pasado, sino reconciliar la memoria.

La poesía como estandarte político, pertenencia y dignidad

Si Balada de los dos abuelos reconcilia dos memorias, Sensemayá demuestra que la poesía también puede convertirse en ceremonia. Desde el primer verso el lector comprende que no está frente a un poema convencional. Está escuchando un tambor.

¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!

No es un estribillo. Es un pulso. Como ocurre en muchas tradiciones africanas y afrocaribeñas, la palabra deja de ser únicamente significado para convertirse en ritmo, respiración y presencia.

En Sensemayá, esa voz avanza como una espiral. Cada repetición parece acercar al lector a un espacio donde el lenguaje ya no explica; invoca.

¡Sensemayá, la culebra!
¡Sensemayá!

La serpiente ocupa aquí un lugar profundamente simbólico. Es vida y muerte, transformación, peligro y renacimiento. En numerosas tradiciones del mundo, desde África hasta el antiguo Egipto, pasando por los pueblos originarios de América, representa el eterno ciclo de lo que muere para volver a comenzar. Guillén recoge esa fuerza ancestral y la convierte en ritmo. El poema entero parece moverse como ella.

La culebra tiene los ojos de vidrio;
la culebra viene y se enreda en un palo…

Los versos no describen únicamente una escena. La hacen suceder frente al lector. Cada repetición aumenta la tensión hasta convertir el poema en una experiencia casi física. Por eso Sensemayá sigue siendo uno de los textos más singulares de la poesía en español. No necesita explicarse para conmover. Basta escucharlo.

Pero Guillén nunca se quedó únicamente en la musicalidad. En Tengo, publicado décadas después, el tambor se transforma en una voz social.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar…

La aparente sencillez del verbo termina convirtiéndose en una afirmación de ciudadanía. Cada “tengo” deja de nombrar objetos para hablar de derechos, dignidad y pertenencia. Y más adelante escribe:

Tengo lo que tenía que tener.

No hay grandilocuencia. Solo la certeza de quien, por primera vez, puede reconocerse como parte de su propia historia.

Ahí reside quizá la mayor virtud de Nicolás Guillén. Nunca escribió desde la torre de marfil del intelectual. Escribió desde la calle, desde el puerto, desde el mercado, desde el tambor y desde la memoria de un pueblo. Así consiguió algo extraordinario, reunir en un mismo verso la tradición oral y la literatura escrita; la música popular y la alta poesía; la belleza del idioma y la necesidad de justicia.

Leer a Guillén es comprender que América Latina no nació de una sola voz, sino de muchas. Algunas llegaron en barcos. Otras sobrevivieron en la memoria. Todas terminaron encontrándose en un mismo idioma. Y cuando ese idioma pasa por las manos de Nicolás Guillén ocurre algo excepcional, deja de caminar y empieza a bailar.

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